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Por allí yace una piedra con una forma cautivante y peculiar.
En el viaje - de más o menos 20 pasos - hacia una inmensa piedra cuyo
peso es tanteado. La intuición guía los músculos
hasta que el final puntiagudo de la piedra encuentre su sitio gentilmente
posado en la roca base.
Las puntas de los dedos tocan la superficie texturada y pivotean la
piedra lentamente sobre su eje más largo.
Las piruetas inquietas de la roca bailarina,
los dedos que responden al inestable peso cayéndose contra ellos,
y la entrega completa a los minúsculos vibrantes ajustamientos de la
postura, son la densidad y la destreza en su paciente búsqueda de equilibrio.
Entonces, en un instante, todo sentido de peso desaparece; y la danzante piedra
se detiene.
El viento cambiará, el sol perderá su calor, puede que
la luna asome, las mareas descender o simplemente la piedra se cansará de
atraer la atención. Y con estas sutiles fuerzas cambiantes, caerá,
yaciendo de nuevo junto a sus semejantes.
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