Para mi, el arte es el proceso y no el producto acabado. Y
el proceso de esculpir es estar en el momento presente, dejar
las manos entregarse completamente a la fuerza creativa del
instante, libre de la interferencia del intento, el cual empobrece
el momento apegándose a la memoria, o a las fantasías
de futuro.
Esto no significa que yo estoy presente en cada momento que
esculpo. No es así. Cuando se desencadenan, las energías
creativas pasan a través de un prisma de expertos ensayos
y pruebas, a veces conmoviendo torbellinos emocionales que
me hacen atrapar a una visión de la mente y no del ojo.
Al dejarse llevar por lo que la mente desea, el ojo y la
mano renuevan su misterioso lazo, creando algo que yo nunca
había
visto antes. Y cuando yo me deslumbro con lo que va ocurriendo,
adquiero la fé para entregarme una y otra vez más:
el tiempo se disuelve en forma y textura.
Esto llega a un punto en que las fuerzas
creativas se agotan. El ímpetu de ser saciado con maravillas
y asombros es asido, los sentimientos se hacen forma.
La evidencia de esta comunión es la escultura misma.
Y así como la luna refleja la luz del sol a través
del espacio, la escultura refleja la fuerza creativa a
través
del tiempo, despertando el ojo con el estallido original
del “aha
!”
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